domingo, 14 de junio de 2015

EL PODER CIVILIZADOR DE LA LECTURA



Iban Barrenetxea
                                     Iban Barrenetxea
 
No hay nada más incivilizado que lo que se hace desde la lectura fanática de la Torá, de la Biblia o del Corán, a no ser que aceptemos que lo incivilizado –la agresión injusta, la violación, el asesinato, la planificación del exterminio, la corrupción, la hipocresía, la tortura, el cuchillo degollador, la bomba de racimo, la química aplicada a la producción de gas letal, el dron asesino…– son componentes y productos necesarios o colaterales de la civilización –con minúscula– como puedan serlo un soneto, el blues, una pizza, un smartphone o una vacuna. Su lado oscuro, pues.

Pongamos, inmediatamente, un adjetivo a “lectura” y hablemos de “lectura libre”. Esa lectura que no suelen fomentar con todas las consecuencias los sistemas políticos organizados en los que, muy diversamente, se manifiesta la civilización. Lectura en libertad… Esa sí que, tal vez, nos civilice. No menos que las matemáticas o la música, esos otros lenguajes preciosos.
 
Agredir es natural, incluso evolutivamente positivo y adaptativo, o lo fue en su momento; no es natural –o sea, es civilizado–, agredir con violencia y por placer, desde la fe intolerante, el deseo y la ambición deshonestos o la perversión. Somos bestias en el sentido más positivo de la palabra. Bestias evolucionadas, como la hormiga, el pejesapo, el gorila o el halcón de Eleonor, este que ahora mismo, literalmente ahora, caza pequeños pájaros migrantes que llegan exhaustos tras cruzar el mar a los acantilados de la isla donde vivo.
 
¿Leer nos civiliza? ¿Quién sabe? ¿Civilizado es lo narrado, primero, y después escrito, y finalmente leído? Estoy convencido de que los neandertales narraban. Su cultura, para mí indudable, ¿era una civilización? ¡Cuánto daría por escuchar y entender sus relatos! Más aún: como C.S. Lewis, yo también “lamento que los animales no puedan escribir libros. Me agradaría muchísimo saber qué aspecto tienen las cosas para un ratón o una abeja; y aún más percibir el mundo olfativo de un perro, tan cargado de datos y emociones” (C.S. Lewis. La experiencia de leer, p. 140). Imaginen el relato del viaje migratorio del halcón de Eleonor: desde Mallorca hasta Madagascar, ¡pasando por el Tchad en la ida y, a su regreso, por el Canal de Suez!
 

                   Stephanie Graegin
 

Stephanie Graegin
 
No duden de nuestra animalidad. Duden, yo dudo, de nuestra civilidad (o civilicidad). Me siento desconcertado por el hecho de que el ser humano sea capaz de pergeñar, a través del cerebro de Johann Sebastian Bach o de Miles Davis, músicas preciosas, y de imaginar, a través del cerebro de no sé que hombre despreciable, una cámara de gas. ¡Maldita imaginación primate! ¡Maldito lenguaje simbólico, eso tan humano! ¡Maldito alfabeto, eso tan estrictamente civilizado!
 
 
 
Hitler leía en su infancia las novelas de Karl May. Yo también las leí. A él le dió –como diría Woody Allen– por invadir Polonia, y a mí por seguir leyendo y más adelante por intentar escribir, cosa tal vez igualmente absurda, aunque mucho menos dañina. Además de la lectura, otros muchos factores intervienen en eso de civilizar… No carguemos tanta responsabilidad ética sobre ella.
 
Soy lo que he leído y seré también, sumado a esa biblioteca personal, lo que lea de ahora en adelante si me es posible hacerlo. Soy como soy por Karl May, por Verne, Salgari, por Tarzán y por Flash Gordon, y también por Antoni Maria Alcover y sus Rondaies Mallorquines d’En Jordi d’es Recó, una colección de cuentos populares contados y escritos en la lengua catalana de Mallorca. Sólo por poder leerla en lengua original estaría justificado que esta fuera de oferta obligatoria en todas las facultades de letras del estado. Esos cuentos me los leía mi madre. Por ellos soy como soy. Y la culpa es mía, no de ella.
 
Un mallorquín único, Ramon Llull, ya dijo en el siglo XIII, también en lengua catalana: “Si en nula art ne sciencia vols entrar, primerament te cové a passar per esta art de gramatica, qui es portal per lo qual hom passa a saber les altres sciencies” (Doctrina Pueril, “De les VII Arts. De gramatica, logica, rethorica”). Salto como por respuesta condicionada –recuerden que una bestia soy, algo adiestrada– a otro punto del Mediterráneo y cito, inevitablemente, la manida y siempre vigente reivindicación de Gianni Rodari: el uso de la lengua para todos, no para que todos seamos sabios, sino para que nadie sea esclavo.
 
Permítanme que plantee otra pregunta: ¿qué tiene para Uds., con seguridad excelentes lectores y lectoras, más valor literario: la larga, tenaz e indudablemente enfermiza dedicación de un narrador por recuperar el tiempo vivido en un caudal fascinante de palabras, para recordar que sólo memoria somos y que al cabo desaparecemos por el foro, o el breve y escueto, sutilísimo, casi desapercibido aviso de que pronto dejaremos de ser niños, y de que por tanto olvidaremos, entre otras cosas, el amor sin contrapartidas que hemos sentido por un juguete? No quiero incomodarles ahora ni causarles insomnio esta noche, pero sobre ello ahí va lo que decía Michel Tournier: “La infancia nos es dada como un caos ardiente, y no nos sobra el resto de nuestra vida para intentar poner orden y explicárnoslo” (El viento paráclito, p. 18). La cosa es seria.

Jiri Sliva
 
Jiri Sliva
 
No cabe elegir entre las cuitas neuróticas de Marcel y las cándidas simplezas de Winnie the Pooh. Ambas cosas maravillosas y con seguridad maravillosamente civilizadoras nos las ofrece la literatura, si somos capaces de leerlas libremente, y si alguien, libremente también, las ha sabido escribir, y si otros “álguienes”, libres también, son suficientemente hábiles para ponerlas a nuestro alcance, por lo menos la segunda, en nuestras manos. Con esas dos lecturas, y con tantas otras, podemos creer en un mundo sin aquel bagaje de aflicción que el “lado oscuro” de lo civilizado nos ofrece en demasía: el odio, la muerte, la guerra, la vejación, la injusticia…

Eduardo Jordá, también mallorquín, dice que “leemos para imaginar un mundo en el que estas cosas no puedan suceder. O si suceden una vez, para que nunca más vuelvan a suceder. O mejor dicho, para que al menos creamos que nunca más vuelvan a suceder” (Lo que tiene alas, p. 213). Y ya que estamos, aprovecho para decirles que otro mallorquín, el dibujante Pere Joan, ha asegurado en las muy recientes “Converses Literàries” de Formentor que el arte, y por tanto la literatura, ofrece la posibilidad redentora de describir y compartir nuestros escasos y breves momentos de felicidad. Fíjense, se lo ruego: posibilidad redentora. ¿Para quién? Para el creador y para quién sea receptor sensible de su creación. Repito: sensible.
 
Imagino que lo civilizado es compartir felicidad –aunque sea con la descripción del horror, ¡gran paradoja!–. Puede que ahora yo esté hablando en realidad de la compasión, porque ya no sé si puedo creer en literaturas de denuncia o en literaturas revolucionarias… Otro mallorquín, seguramente desconocido para Uds. y para mí, sin embargo, uno de los más singulares poetas europeos contemporáneos, señala que “Si un poema mostra un camí, un caminoi, possiblement ja fa prou” (Bartomeu Fiol. Entre Cavorques i Albió, pp. 101-102). Mostrar senderos compasivos, eso puede ser civilizador.
 
No crean (sólo) petulante ese rociado de citas. Las necesito para sosegar mi perplejidad ante lo civilizado, sus contradicciones y su desmesura, que me supera. Lo hace decir el autor Larry Niven a un extraterrestre en su novela Mundo Anillo: “La civilización tiende a propasarse”.
Hombre del mar y del sol, del viejo y cerrado mundo de Odiseo, siento que debo aferrarme aún a una interpretación muy simple de la máxima clásica: “El hombre es la medida de todas las cosas.” Ante los excesos de la Civilización, ahora sí con mayúscula, me siento como pudiera sentirse una hormiga. Que no es poco. No crean. De pequeñas hormigas va este precioso, civilizadísimo poema de Kobayashi Issa: “En fila india / las hormigas regresan / desde las nubes” (versión de Josep M. Rodríguez, en Kobayashi Issa: Poemas de madurez, p.57).
 
Esta potente imagen de un fino e inquieto reguero de hormigas descendiendo de las nubes me parece un espléndido inicio de un relato para niños por civilizar. Veo salir de un imponente y tenebroso cumulonimbus, o sólo de un modesto cirrostrato, el frenesí de miles de patitas articuladas, veo un mar de antenitas velludas y trémulas… Trataré de hacerlo como todo cuento merece ser escrito: con calidad, libremente y compasivamente.

 

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